LA ESCALERA
En marzo de 1990, el cantautor cubano Silvio Rodríguez ofreció un concierto en el Estadio Nacional de Santiago de Chile. Acudieron 80.000 personas. Y allí, en un momento del recital, después de una canción, cuando aquellas 80.000 gargantas totalmente entregadas coreaban su nombre, el trovador, que por entonces contaba con 43 años, dijo lo siguiente: quien ve esto, puede correr el riesgo de sentirse importante… eso es tremendo… eso de sentirse importante… hace tiempo yo escribí una canción sobre eso, sobre la gente que se podía sentir importante. Es una canción muy sencilla, una anécdota sobre quien pueda… no se… envanecerse o algo así y no darse cuenta de dónde salimos todos y a dónde todos tenemos que regresar inevitablemente. La canción en cuestión se llama La escalera, pero lo que siempre me impresiona cuando escucho el concierto son las palabras tranquilas de un hombre sencillo, que lejos de dorar la píldora al desaforado aforo del Nacional chileno, se abstrae de los aplausos y se para a reflexionar sobre lo terrible que es el hecho de sentirse importante y entre líneas, expresa su propia temeridad de caer en esta trampa al verse adorado por una multitud de nada menos que 80.000 cabecitas. Y es que es tan sencillo acostumbrarse a las manos que palmean tu espalda, que a veces las personas pierden su propia conciencia y, poniendo su humildad por delante, no la practican, sino que la pregonan, como si así dejaran realmente constancia de ella. Entonces sucede que dejas de escuchar las voces críticas de los demás y en tus oídos se plantan dos filtros que sólo traspasan las falsas alabanzas, porque las verdaderas suelen ser dichas también por los de las críticas, que terminan aburriéndose de hablarle a la pared. Después de eso viene, como dice Silvio, el envanecimiento, y después la prepotencia y la soberbia, a la que siguen la estrechez de miras y la intolerancia… hasta terminar en la pérdida del respeto por los demás y, a la postre, la soledad... porque el globo termina desinflándose cuando menos te lo esperas... Y todos estos inconvenientes que para el alma humana acarrea eso de sentirse importante, normalmente, no suelen provocarlo ni el éxito en la vida ni la admiración de los demás. Todo esto suele ser provocado por el poder. Por eso me quedo con Silvio, aunque algunos mentecatos digan que tiene la voz estridente. Quien fuera cabecita entre la multitud un 26 de julio. O mejor, una gotita de rocío.


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